El desencantado de la vida subió al piso más alto del edificio, resuelto no precisamente a buscar elevadas alternativas de solución a sus problemas extremos y terrenales, supuestamente insolubles; sino a renunciar definitivamente a todo, a destruir su mundo, a explotar abajo su vida contra el suelo.
Una vez allí, no alzó la vista al infinito azul, (de pronto hubiera obtenido del cielo un rayo de ilusión, así fuera leve). Tampoco extendió su mirada al horizonte, tan inmenso, tan multiforme, (de pronto hubiera alcanzado gratis una perspectiva de esperanza). Tampoco recordó que una vez en el pasado distante un hombre de carácter, llevado a la cima de un templo, también fue tentado a lanzarse al vacío para obtener el encanto de la gloria. Sin embargo, no lo hizo, pues prefirió más bien vencer el mundo, con su coraje, así se opusieran sus propios redimidos.
A diferencia de aquél, este hombre atendió el llamado del abismo y se lanzó a la calle desde el décimo piso, de aquel edificio de muchas ventanas. Pero, en lugar de caer rápido como lo fija la ley de la gravedad, el tiempo se confabuló mágicamente contra ella, permitiéndole ir cayendo a plazos, en cámara lenta, pasando despacio frente a las ventanas cuyos batientes giraban con armónico realismo mágico, hacia afuera invitándolo a mirar e incluso a entrar. Sólo que cuando el hombre pasaba a la siguiente ventana, los goznes de la anterior, chirriaban al cerrarse para siempre con violencia.
Alcanzó entonces a observar a través de aquella sucesión de ventanas, la intimidad gozosa de sus vecinos, las pequeñas dificultades domésticas que iban superando, las pasiones secretas de amores estupendos que los iban animando, los breves instantes de felicidad en torno a un ponqué de cumpleaños, alrededor de una cena de aniversario o de un compartir festivo por los éxitos de alguien.
Apreció los pesares de una despedida, pero también las alegrías de un reencuentro. Vio que había escenas de luto, inmensas en tristeza; igualmente inmensas en esperanzas. Advirtió lágrimas por despecho en ojos melancólicos de seres como él, los cuales, tras instantes de plegaria, volvían a cobrar el brillo de la dicha.
Vio enfermos avanzados que, así les propusieran la anestesia adelantada de la muerte, se aferraban a las briznas codiciadas de la vida.
Sintió pesar y rabia porque en la penúltima ventana una madre joven había acabado de segar la vida a su criatura y no la propia. Pudo darse cuenta, ya en las ventanas finales, hacia el tercer piso, de que estos vecinos eran como él. Tenían penas similares, virus normales de decepciones comunes. Tal vez, en el peor de los casos, depresiones terminales. Pero, a diferencia suya, no decidían matar al enfermo para matar la enfermedad.
Quiso entrar entonces por la última ventana, pues la terapia extrema de la caída, le reintegró el deseo de vivir con todo incluido. Volver a celebrar, volver con la familia, con los amigos. Tener penas, alegrías; amar, no ser amado también; sufrir, gozar. Comprendió con horror que ya era imposible detenerse. La magia del tiempo lento ya no iba más. Al estrellarse contra el pavimento ya estaba seguro de haber tomado la peor decisión de su historia. Su vida merecía ser vivida a plenitud hasta el final natural. Y los suyos también merecían que él viviera también hasta el final.
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