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miércoles, 26 de agosto de 2026

LA TRAGEDIA

 

El desencantado de la vida subió al piso más alto del edificio, resuelto no precisamente a buscar elevadas alternativas de solución a sus problemas extremos y terrenales, supuestamente insolubles; sino a renunciar definitivamente a todo, a destruir su mundo, a explotar abajo su vida contra el  suelo. 

Una vez allí, no alzó la vista al infinito azul, (de pronto hubiera obtenido del cielo un rayo de ilusión, así fuera leve). Tampoco extendió su mirada al horizonte, tan inmenso, tan multiforme, (de pronto hubiera alcanzado gratis una perspectiva de esperanza). Tampoco recordó que una vez en el pasado distante un hombre de carácter, llevado a la cima de un templo, también fue tentado a lanzarse al vacío para obtener el encanto de la gloria. Sin embargo, no lo hizo, pues prefirió más bien vencer el mundo, con su coraje, así se opusieran sus propios redimidos.

 

A diferencia de aquél, este hombre atendió el llamado del abismo y se lanzó a la calle desde el décimo piso, de aquel edificio de muchas ventanas. Pero, en lugar de caer rápido como lo fija la ley de la gravedad, el tiempo se confabuló mágicamente contra ella, permitiéndole ir cayendo a plazos, en cámara lenta, pasando despacio frente a las ventanas cuyos batientes giraban con armónico realismo mágico, hacia afuera invitándolo a mirar e incluso a entrar. Sólo que cuando el hombre pasaba a la siguiente ventana, los goznes de la anterior, chirriaban al cerrarse para siempre con violencia.

Alcanzó entonces a observar a través de aquella sucesión de ventanas, la intimidad gozosa de sus vecinos, las pequeñas dificultades domésticas que iban superando, las pasiones secretas de amores estupendos que los iban animando, los breves instantes de felicidad en torno a un ponqué de cumpleaños, alrededor de una cena de aniversario o de un compartir festivo por los éxitos de alguien. 

Apreció los pesares de una despedida, pero también las alegrías de un reencuentro. Vio que había escenas de luto, inmensas en tristeza; igualmente inmensas en esperanzas. Advirtió lágrimas por despecho en ojos melancólicos de seres como él, los cuales, tras instantes de plegaria, volvían a cobrar el brillo de la dicha.

Vio enfermos avanzados que, así les propusieran la anestesia adelantada de la muerte, se aferraban a las briznas codiciadas de la vida. 

Sintió pesar y rabia porque en la penúltima ventana una madre joven había acabado de segar la vida a su criatura y no la propia. Pudo darse cuenta, ya en las ventanas finales, hacia el tercer piso, de que estos vecinos eran como él. Tenían penas similares, virus normales de decepciones comunes. Tal vez, en el peor de los casos, depresiones terminales. Pero, a diferencia suya, no decidían matar al enfermo para matar la enfermedad.

Quiso entrar entonces por la última ventana, pues la terapia extrema de la caída, le reintegró el deseo de vivir con todo incluido. Volver a celebrar, volver con la familia, con los amigos. Tener penas, alegrías; amar, no ser amado también; sufrir, gozar. Comprendió con horror que ya era imposible detenerse. La magia del tiempo lento ya no iba más. Al estrellarse contra el pavimento ya estaba seguro de haber tomado la peor decisión de su historia. Su vida merecía ser vivida a plenitud hasta el final natural. Y los suyos también merecían que él viviera también hasta el final.

martes, 4 de agosto de 2026

¿Por amor al estudio o por amores desordenados?

 Se sonreían los chicos cuando, al pasar por los puestos, les solicitaba el pago de las fotocopias diciéndoles, en tono amable y burlesco: 

"¡Sólo cien pesos, por amor al estudio!"

 Y esa frase “por amor al estudio”, ya ocupaba un simpático rincón en su mente; pero, era un mensaje subliminal para que el gusto íntimo por aprender ("estudiofilia") fuera la razón más noble para ocupar justificadamente el pupitre de su salón de clase. Siendo así, hasta se apoyaría a los estudiantes en la correcta degustación de las primeras mieles de sus enamoramientos escolares

El chico al parecer ha elegido  incorrectamente una prioridad. Clarita está muy pegada a su chico. (Demasiado pegada). Además, los dos han decidido, aprovechando un descuido del coordinador, abandonar la clase. “El amor al estudio” no se ve por ninguna parte. Tanto el chico como Clarita  ––pillados por una cámara escondida–– están “graves”.

Sin embargo, es forzoso reconocer que la educación no sólo es formar en un solo amor. La vida en realidad nos plantea amores. La ciencia consiste en asignarles tiempos, momentos y prioridades. No deberían reñir entre sí los amores. Deberían estar de acuerdo. Estar conformes. Vivir en paz. Incluso deberían ayudarse y motivarse mutuamente.

Cuando existían colegios no integrados, sino solamente de mujeres o de hombres, algunos insistían en que así se lograban los mejores resultados. Nada de distracciones. Nada de problemas embarazosos. Todo el tiempo, la energía y el interés para el estudio. Cuando llegó la moda de mezclar chicos y chicas, los promotores de la idea apoyaban el libre desarrollo de la personalidad, la validez de desarrollar el contacto necesario y sano con las personas del sexo opuesto. Ambos grupos estaban en lo cierto. 

Pero entonces, siempre se daban ciertos problemas. Uno de ellos era el de las distracciones crónicas ocasionadas por los enamoramientos. De todos es conocido el problema, no de la distracción dispersa de los estudiantes, sino de la atención muy concentrada no precisamente en los temas de la clase, sino en el chico tal o la chica tal. Lógicamente los que salen perjudicados cuando te consagras solamente a un corazón, es el aprendizaje de las lecciones, el cumplimiento de las labores escolares, la aceptación de los horarios e incluso la permanencia en las aulas de clase, ––en una palabra––, sale perjudicado el rendimiento académico  (Claro que a veces es la chica quien sale más “perjudicada”: aumenta de peso o se baja de peso, o se debilita mucho. Y tiene que ir a recuperarse en la casa, o a prestarle cuidado a su bebé.)

En la gráfica de al lado, el chico al parecer ha elegido  incorrectamente una prioridad. Le brotan corazones de la cabeza, no precisamente por la tarea que le asignaron, sino más bien quiere estudiar de cerca los poros de la chica, o para que el tema sea más completo, su cautivante anatomía. Lógicamente ella con semejante acoso visual, respiratorio, magnético, es incapaz de concentrarse. 

Creemos que forma parte de la educación saber apreciar, saber respetar y orientar los sentimientos de amor y amistad de los jóvenes. Sin caer en adicciones como la de recargar de cláusulas restrictivas el pacto de convivencia, como la de “No se permiten las manifestaciones de afecto en el colegio” Se podría incluso estudiar la posibilidad más bien de “legalizar", con la debida supervisión, los amores de los estudiantes en sus colegios. Es preferible que las parejas de chicos que se atraen, se tomen de la mano y se sienten en las gradas delante de todos a darse un beso platónico, en lugar de que busquen escondites para besos más ardientes y tentaciones mayores.

Es bueno saber finalmente que el amor de pareja, si es verdadero, debe conducirnos necesariamente a ser bien responsables y felices en todos los campos de la actividad humana. Y, también es bueno dejar claro, (y esto va para Clarita y para cuantos están por ahí enamorados), que cuando vuelvan a pagar material de estudios, recuerden que deberían venir al colegio, por una razón principal, POR AMOR al estudio; sin privarse, por supuesto, de la amistad, del amor tierno y de otros valores que hacen de la vida un conjunto completo maravilloso.